
No se sabe en qué momento Thanksgiving se volvió invisible, pero lo cierto es que ahora parece un simple intermedio entre el disfraz de Halloween y el árbol de Navidad. Apenas termina el 31 de octubre y ya los supermercados huelen a canela, los pasillos se llenan de luces y los reels de Instagram se visten de colores navideños. Thanksgiving, mientras tanto, brilla por su ausencia… o por su falta de brillo.
Hace no tanto, en Estados Unidos —y buena parte de Europa— la Navidad tenía su turno. El calendario era casi una coreografía: primero Halloween, después Thanksgiving, y luego (solo luego) las luces, los árboles y las guirnaldas. Thanksgiving era la pausa cálida antes del brillo, la excusa perfecta para agradecer, comer sin culpa y reunir a la familia. Era la celebración de la gratitud, no del gasto ni del adorno.
Pero los tiempos cambiaron. Apenas se guarda el disfraz de bruja, y ya Santa está en el pasillo tres. Los centros comerciales de Estados Unidos suenan a villancicos desde principios de noviembre, y las redes sociales lucen más blancas que un invierno escandinavo. Thanksgiving, en cambio, quedó reducido a una mesa bien servida… y poco más.
Y sí, los latinos tenemos parte de culpa. Nadie nos da permiso para celebrar; nosotros arrancamos sin previo aviso: colgamos luces cuando aún hay calabazas en la puerta de los vecinos y subimos reels con gorros rojos mientras el pavo sigue descongelándose. Mientras los estadounidenses intentan sostener su tradición del agradecimiento y resistir el espíritu navideño, ya nosotros estamos gritando “¡Feliz Navidad!” con Mariah Carey en su nota más alta.
El resultado: una confusión cromática. Halloween termina y el mundo pasa del naranja al rojo en menos de veinticuatro horas. Thanksgiving sobrevive solo en las mesas y en los corazones, no en los adornos de las casas, ni mucho menos en los algoritmos de las redes sociales.
Quizá el problema es que ya no sabemos pausar. O tal vez que, para los latinos, las decoraciones de Thanksgiving nos resultan demasiado sobrias: con poco color y demasiado marrón y naranja por tanto tiempo. O quizás —solo quizás— preferimos la Navidad porque brilla más, huele mejor y combina con nuestra alegría y sabor. Los gringos, parece, se están contagiando.
Así que sí: Christmas se robó Thanksgiving. Tomó el micrófono y lo dejó mudo.
Y todos lo dejamos pasar, incluso la tradición que llevaba años marcando esta fecha. Lo hacemos con una sonrisa, una taza de chocolate caliente y el árbol de Navidad ya colgado en Instagram desde el primero de noviembre.






