El matrimonio: de pactos ancestrales a promesas de amor

El matrimonio, tal como lo entendemos hoy, parece inseparable del amor, de las promesas románticas y de la idea de compartir la vida con alguien por voluntad propia. Sin embargo, en sus orígenes, esta institución tenía poco o nada que ver con el sentimiento amoroso. Nació como un mecanismo práctico, social y político, diseñado para proteger patrimonios, asegurar descendencia legítima y fortalecer alianzas entre familias y reinos. ¿Cómo pasó de ser un contrato de conveniencia a convertirse en el símbolo del amor eterno?

Los primeros registros: contratos y herencia

La historia documentada sitúa los primeros matrimonios en la antigua Mesopotamia, hacia el 2350 a.C. Allí, los sumerios y babilonios redactaban contratos donde quedaban estipulados los derechos de los esposos, las obligaciones de la esposa y la transferencia de bienes. El Código de Hammurabi (siglo XVIII a.C.) regulaba incluso las condiciones de divorcio, la dote y la herencia de los hijos.

En esta etapa, el matrimonio no era una unión de individuos por afinidad, sino un acuerdo entre familias. El objetivo central era garantizar la legitimidad de los hijos, quienes heredaban tierras y propiedades, y con ello asegurar la estabilidad de la comunidad.

La realeza y los matrimonios de conveniencia

Con la consolidación de reinos e imperios, el matrimonio adquirió un peso político innegable. Para los monarcas, casarse no significaba elegir a una persona por amor, sino fortalecer alianzas y mantener el poder.

Un ejemplo temprano es el de Ramsés II, faraón de Egipto, quien en el siglo XIII a.C. desposó a la princesa hitita Maathorneferure como parte de un tratado de paz entre ambos imperios. Ya en la Europa medieval y moderna, los matrimonios dinásticos se convirtieron en práctica común.

Catalina de Aragón y Arturo Tudor (1501): el enlace fue pactado entre Inglaterra y España para afianzar una alianza política. Tras la muerte de Arturo, la joven princesa fue casada con su cuñado, Enrique VIII, desencadenando años más tarde la ruptura del monarca inglés con Roma.

María Antonieta y Luis XVI (1770): casados a los 14 y 15 años respectivamente, su matrimonio simbolizó la unión política entre Francia y Austria. El amor fue un elemento ajeno al acuerdo inicial.

Estos ejemplos muestran que, por siglos, el matrimonio estuvo marcado más por la conveniencia que por los sentimientos.

Lo espiritual: Adán y Eva como primeros esposos

Más allá de lo legal y lo político, el plano espiritual también aportó un fundamento cultural. En la tradición judeocristiana, Adán y Eva son considerados la primera pareja. “Serán una sola carne”, dice el Génesis, estableciendo una visión de unidad, compañía y complementariedad.

Aunque no existió ceremonia ni contrato, esta narrativa convirtió al matrimonio en una institución asociada a lo sagrado, bendecida por lo divino, y con ello se consolidó la idea de que el vínculo debía trascender lo meramente social.

Entre conveniencia y amor: una reflexión personal

Si miro hacia atrás en la historia, comprendo que el matrimonio no fue concebido para el amor. Fue una estrategia de supervivencia, poder y herencia. Y, sin embargo, yo nunca he pensado en el matrimonio como un negocio o un contrato económico. Para mí, siempre ha estado ligado al amor, al deseo de compartir la vida con alguien elegido por convicción, no por conveniencia.

Es cierto que todavía existen matrimonios arreglados en algunas culturas, pero creo que la mayoría de las parejas de hoy se casan porque están enamoradas. Esa transición —de la conveniencia a la emoción— quizás sea la mayor revolución en la historia del matrimonio.

El matrimonio moderno: entre lo civil y lo religioso

Con el paso de los siglos, el matrimonio dejó de ser exclusivamente religioso. En 1875, varios países de Europa comenzaron a implantar el matrimonio civil, marcando la separación definitiva entre el Estado y la Iglesia. Desde entonces, el matrimonio se volvió también un acto legal, con derechos y deberes reconocidos por la ley.

Hoy el matrimonio es, a la vez, contrato y promesa. Contrato porque sigue estableciendo deberes legales; promesa porque lo que lo impulsa, en la mayoría de los casos, es el amor romántico. Además, la modernidad ha ampliado su alcance con el reconocimiento de matrimonios igualitarios y uniones libres, reflejando la diversidad de relaciones humanas.

Una institución que evoluciona con mas humanidad

El matrimonio nació como pacto social, se consolidó como herramienta política, se sacralizó en la espiritualidad y finalmente se transformó en un acto de amor.

Su historia nos recuerda que ninguna institución es estática: cambia con la cultura, con la religión, con las leyes y, sobre todo, con la forma en que entendemos el amor.

Hoy, más que nunca, el matrimonio ya no es un acuerdo entre familias, sino la decisión íntima de dos personas que eligen caminar juntas. Y quizá ahí, en esa elección libre, radique su verdadero valor.

 YANCARI FLEMING

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