
Siempre vemos a las novias con sus ramos de flores. Particularmente hermosos, variados, con rosas naturales o artificiales, cargados de significado y emoción. Muchas veces ni siquiera nos preguntamos por qué existe esta costumbre. Recuerdo cuando me tocó elegir el mío: opté por un ramo de rosas sintéticas, convencida de que se trataba de un símbolo de pureza, como el velo o el vestido blanco, que en la tradición moderna parecen decir: “Aquí llega una doncella virgen”. Poco sabía entonces que el ramo no tenía nada que ver con la virginidad, la belleza o la estética romántica.
Sabías que… en la Antigüedad y en la Edad Media los ramos no eran de rosas, sino de hierbas y especias? Sí: eneldo, ajo, romero, laurel. No eran elegidos por su fragancia delicada, sino por motivos mucho más prácticos y espirituales:
- Contra malos espíritus: Se pensaba que las hierbas ahuyentaban la mala suerte y protegían a los novios.
- Fertilidad y prosperidad: Algunas plantas estaban asociadas a la larga vida y la descendencia.
- Mala higiene: En tiempos en que el cepillo dental y el baño eran poco comunes, el ramo servía también para disimular los olores de la multitud reunida en la ceremonia.
La práctica de llevar ramos se remonta a la Antigüedad clásica —griegos y romanos ya utilizaban hierbas en rituales matrimoniales— y se extendió durante la Edad Media, donde la espiritualidad y la supervivencia marcaban cada gesto de la vida cotidiana. En ese contexto, el ramo no tenía nada de romántico; era más bien un amuleto, una protección y un recurso de higiene.
Con el paso de los siglos, y sobre todo con el influjo del Renacimiento y más tarde del romanticismo, las flores comenzaron a ganar terreno. La visión de la boda se fue cargando de estética, amor idealizado y simbolismos delicados. Así, lo que en su origen fue un manojo de hierbas aromáticas para espantar malos espíritus, en el siglo XIX ya se había transformado en ramos de rosas y azahares, cargado de significados románticos.
Hoy, cuando una novia sostiene un ramo, pocos saben que no siempre fue un accesorio de belleza o un símbolo de amor. El romanticismo y la cultura moderna se encargaron de endulzar y “romantizar” prácticas que antes respondían a prejuicios, espiritualidad y simple supervivencia.
Quizás por eso resulta fascinante mirar atrás: descubrir cómo aquello que hoy asociamos con la pureza y el amor eterno, alguna vez fue un recurso para disimular olores y conjurar malos espíritus. La historia de las bodas nos recuerda que el amor, tal como lo concebimos hoy, es también una construcción cultural que transformó viejos miedos en gestos poéticos.






