
En una boda es casi natural ver cómo la novia avanza sobre un sendero de pétalos. Una niña vestida de blanco, con su canastita, los esparce con delicadeza como si sembrara un nuevo camino. Yo lo viví en carne propia: mi hija, regaba rosas por el pasillo y parecía abrir un horizonte de esperanza. Ese gesto nos parece eterno, como si siempre hubiera sido así. Pero la historia nos revela un origen muy distinto: en la Antigua Roma, lo que se arrojaba a los novios no eran flores, sino nueces.
El momento central de aquellas ceremonias era el domum deductio, cuando la novia era conducida desde la casa de su familia hasta la de su esposo. La procesión, acompañada por familiares y curiosos, se llenaba de ruido, canciones subidas de tono y, sobre todo, del lanzamiento de nueces. Este acto, documentado desde la República romana (s. V a.C.) hasta el final del Imperio (s. IV–V d.C.), tenía múltiples significados: las nueces eran símbolo de fertilidad, abundancia y buena fortuna; representaban también la transición a la adultez, pues los niños romanos solían jugar con ellas y al lanzarlas el novio renunciaba a su infancia. Algunos autores, como el erudito Servio, incluso afirmaban que el ruido de las nueces al chocar contra el suelo servía para acallar los sonidos de la consumación matrimonial.
Sin embargo, la historia de los ritos nupciales es la historia de la transformación de los símbolos. Con la llegada del cristianismo, los antiguos gestos paganos fueron reinterpretados o sustituidos. Lo que había sido ofrenda a los dioses se convirtió en bendición divina. Las nueces y frutos dieron paso al trigo, al pan y a las ramas de olivo, cargadas de un simbolismo espiritual más acorde con la nueva fe. Poco a poco, durante la Edad Media, los pétalos de flores comenzaron a ocupar ese lugar, primero en bodas de la nobleza y después en celebraciones populares.
No fue un cambio repentino, sino un proceso cultural. En el lenguaje medieval de las flores, cada color y especie tenía un sentido: las rosas blancas evocaban pureza, las rojas amor apasionado, las flores de azahar fertilidad y prosperidad. Con el Renacimiento, esta estética floreció aún más, y las flores se consolidaron como emblema de amor y de unión romántica. Así, lo que en Roma era un estruendo de nueces en el suelo se transformó en el murmullo delicado de pétalos cayendo suavemente sobre el camino de los novios.

Hoy, cuando observamos a una niña vestida de blanco regando flores, difícilmente pensamos que ese gesto hunde sus raíces en ritos de hace más de dos mil años. Y, sin embargo, ambos actos comparten un mismo deseo: augurar a los recién casados fertilidad, abundancia y un futuro próspero. La forma cambió, el símbolo se refinó, pero la esencia permanece intacta.
Recordar esta evolución nos invita a ver las bodas no solo como un acto social o romántico, sino como un espacio donde se entrelazan siglos de historia. Y quizás la próxima vez que vea a una niña lanzar pétalos de rosas en una boda, pensaré también en aquellas antiguas nueces que, golpeando el suelo romano, anunciaban —con estrépito y esperanza— el inicio de una vida compartida.

Yancari Fleming





